La mano que pintó el cielo fue clavada en una cruz.
Lecturas: Salmos 19:1 · Salmos 147:4 · Efesios 2:10
Después de contemplar al Cordero que cargó el peso del pecado y venció la muerte, esta canción nos invita a mirar con más detenimiento quién era realmente aquel que estuvo en la cruz.
“La mano que pintó
el cielo en su esplendor
fue clavada en una cruz…”
Los Salmos nos recuerdan que los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento despliega la destreza de sus manos (Salmos 19:1). Cuando miramos el cielo nocturno, como escribió el salmista, vemos la obra de Sus dedos: la luna y las estrellas colocadas en su lugar (Salmos 8:3).
La creación entera habla de Él.
Las estrellas, que parecen incontables para nosotros, son conocidas por Dios una por una. La Escritura dice que Él cuenta las estrellas y llama a cada una por su nombre (Salmos 147:4).
Ese mismo Dios, cuya voz puede tronar con majestad sobre los mares y partir los cedros del Líbano con su poder (Salmos 29:3-5), decidió acercarse de una manera inesperada.
La voz que sostiene la creación también sabe susurrar.
“La voz que hizo temblar
los cielos y el mar
Hijo mío, susurró
y por nombre me llamó.”
El Dios que gobierna el universo no solo habla con poder, también llama con amor. La Biblia dice que somos la obra maestra de Dios, creados nuevamente en Cristo Jesús para vivir en el propósito que Él preparó (Efesios 2:10). Y cuando comprendemos esto, algo cambia en la manera en que vemos nuestra propia vida.
No somos un accidente en la creación, somos parte de Su obra.
Como expresó el salmista con asombro:
“Tu fino trabajo es maravilloso” (Salmos 139:14).
Por eso la canción responde con una verdad sencilla y profunda:
“No hay nadie más
que me ame como Él.”
El Creador del universo decidió acercarse tanto que entró en nuestra historia.
La mano que pintó el cielo se dejó herir en la cruz. La voz que gobierna los mares también nos llama hijos y cuando el corazón comprende esto, la adoración deja de ser una rutina religiosa y se convierte en respuesta.
“Digno de adoración,
Él es mi creador.”
La creación proclama Su gloria. La cruz revela Su amor y la vida del creyente comienza a caminar —como dice Proverbios— como la luz del amanecer que brilla cada vez más hasta alcanzar todo su esplendor (Proverbios 4:18).
La creación
Cuando contemplamos el cielo y recordamos que Dios conoce cada estrella por nombre, entendemos que la creación no es solo un paisaje: es un testimonio constante de Su grandeza.
La voz que llama
El Dios cuya voz sacude los mares también se acerca con ternura y nos llama por nombre. El Creador del universo se relaciona con nosotros de manera personal.
Su obra maestra
Si somos la obra maestra de Dios, entonces nuestra identidad no está definida por el temor ni por el azar, sino por el propósito de Aquel que nos creó.
Oremos
Señor Jesús,
Creador de los cielos y de la tierra, enséñanos a contemplar Tu gloria en la creación
y a escuchar Tu voz que nos llama por nombre. Recuérdanos que somos Tu obra
y que nuestra vida está en Tus manos. Que nuestra adoración sea la respuesta
al amor del Dios que pintó los cielos y decidió acercarse a nosotros.
Amén.